Cuando la luz cede y el silencio se adueña del aire, la mente se convierte en un abismo donde conviven el deseo y el miedo. Ahí, en esa frontera difusa, es donde Coral se sumerge con “La Bestia”, un susurro disfrazado de balada que poco a poco se transforma en una sombra que nos rodea. El proyecto de Salim Vera y Alberto Fernández evita encajar en corrientes predefinidas y construye su propio lenguaje, con un sonido que no se limita al eco de sus influencias, sino que las deconstruye para darle forma a una identidad inconfundible.
Esta nueva entrega de Coral no se abalanza de golpe, sino que se desliza con cautela. La instrumentación es precisa, medida, casi elegante, pero nunca complaciente. Hay un aire cinematográfico en la manera en que cada capa de sonido se despliega con una intención quirúrgica. No hay sobrecarga ni elementos superfluos, solo una progresión que va revelando la esencia del tema: el eterno conflicto entre la razón y la pulsión. Es en la voz de Vera donde el mensaje se quiebra y se expone con crudeza, dejando ver esa fragilidad latente que habita en la naturaleza humana.
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